La paz con la comida se encuentra en los grises

El otro día una paciente me comentaba:
“Ai Marta… Yo no tengo punto medio. O lo hago perfecto… o lo arruino todo.”

Y me vi a mí misma hace unos años.
Planificando mis menús como si fuera una sargento del ejército:
cero harinas,
cero azúcar,
cero excepciones.

¿El resultado?

Tres días de disciplina férrea ante una pauta “de manual”.
El cuarto, un atracón.
Y el quinto, sensación de culpa, restricción y vuelta a empezar.

Y además, con el “regalo” de renunciar a planes sociales donde había comida para no salirme “del camino”  y frustración porque aún dedicándole mucha energía, pasaban las semanas y mi físico no mejoraba (más bien todo lo contrario).

¿Te suena?

Con el tiempo (y muchas ostias) entendí que no fallaba por falta de voluntad.
Fallaba porque lo que me proponía era poco realista e inhumano.
Y nadie puede sostener lo inhumano mucho tiempo.

El blanco y el negro nos dan una falsa sensación de control:
“O sigo la dieta perfecta, o soy un desastre.”
“O me pongo a entrenar todos los días, o no sirve de nada.”
“O renuncio al chocolate para siempre, o nunca mejoraré.”

Pero la vida no funciona así.
Y la salud tampoco.

La salud real está en los grises.
En ese punto medio que no se hace viral en Instagram, pero que es la base que sostiene nuestra salud física y mental:

Tomar verduras en la mayor parte de comidas principales, pero también poder compartir un postre con nuestra pareja el fin de semana.

Hacer yoga 15 minutos en el salón en un día de mucho estrés, pero luego ver un capítulo de una serie que  te gusta.

Comer un helado con tu hijo sin que eso signifique “tirar la semana a la basura”, pero luego al llegar a casa seguir con tu plan saludable.

El gris nos invita a un plan sostenible.
Flexible. Y realista. 

¿Y sabes qué es lo más paradójico?
Cuando dejas de exigirte perfección… comes mejor, disfrutas más y te sientes más libre. Y tu cuerpo y estado emocional mejoran.

El gris te devuelve el poder que el blanco y negro te arrebataron.

Por eso siempre defiendo que hay que aprender a escuchar al cuerpo (y al alma) sin castigos, y a elegir desde el cuidado y no desde la prohibición. 

La verdad es que no se trata de comer perfecto.
Se trata de reconciliarse con la comida… y contigo misma.

Porque la paz con la comida que tanto buscas no está en los extremos.
Está en los grises.
Y los grises, aunque parezcan aburridos, son la puerta hacia la moderación y la libertad.

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